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RUFINA Y MAMITA SANTOS (III-III).|


Por: Gonzalo Delgado Quintero

Rufina dirigió una breve arenga de elogio a los valientes voluntarios. Sus no tan elaboradas palabras, sin embargo, contenían una profunda reflexión que parecía un augurio de ilimitado tiempo que trascendiera más allá de sus circunstancias vitales. Lo primero que advirtió fue sobre la necesidad de mantener esa memoria histórica viva sobre aquel momento crucial. Exhortó a que nadie olvidará esa gesta y que la única forma de atizar esa llama para que permaneciera viva, era ayudando a los más jóvenes a mantener siempre ese recuerdo y de ser posible escribir esa historia para el conocimiento de las siguientes generaciones y sobre todo, que nadie los olvidará. Después de sus palabras,  Rufina desapareció del escenario político, dedicándose a su actividad de siempre.

Su misión había culminado, pero su presencia se agiganta por encima de cualquier falta de anotación que pudiera haber registrado algún escribano.  Rufina con el tiempo se convirtió en una referencia atestiguada de manera oral y aunque nunca fue adscrita en los documentos y proclamas de independencia; muy a pesar, su nombre quedó impreso en la memoria del colectivo que se inició al momento en que clamó, fusil en mano, el Primer Grito de Independencia de la Villa de Los Santos. Su voz trascendió más allá de su pueblo natal. Su grito se difundió por todo el territorio panameño y por el resto de América, llegando hasta los oídos de propio Bolívar el Libertador.

Desde el primer momento, esa proclama fue respaldada en diversos pueblos de la región. Las Tablas, Macaracas, Las Minas, Parita, Santa María, Ocú, Penonomé, Pocrí, Pesé, Natá de los Caballeros, San Francisco de Veraguas y Alanje en Chiriquí, fueron los primeros en replicar ese Grito. Finalmente en la capital de la ciudad de Panamá, 18 días después.

Mamita Santos asimiló todo lo que Rufina le dijo y con el transcurrir de los años, habiendo tenido sus hijos, les enseñó sobre los deberes patrióticos que debe tener toda persona. Les decía a sus hijos que un patriota estaba obligado a defender la patria, sin condición, cuando esta lo requiera, sin precio ni dudas.

Mamita Santos vivió dos guerras posteriores, y para ella fue motivo de orgullo cuando su hijo Calixto Quintero con solo 15 años, le dijo que participaría como mensajero de Belisario Porras en la Guerra de los Mil Días. Tampoco opuso sentimiento contrario cuando Calixto después se alistó ante el llamado por la defensa de la patria en la región limítrofe con Costa Rica en la Guerra de Coto, aunque no fue necesaria su presencia, por el rápido desenlace de la misma. A Mamita Santos siempre le quedó el recuerdo perdurable de su amiga Rufina Alfaro, su legado que a su vez supo ofrecerlo y relevarlo a las siguientes generaciones.

Años después, un llanto tenue que iba creciendo, interrumpió el silencio nocturno en aquella solitaria casa de quincha en las llanuras de Valle Rico. Una matrona anunciaba el nacimiento de una hermosa niña. Era el cuarto parto de Mamita Santos.

Habían pasado unos 15 días desde el alumbramiento de Mamita Santos y con su familia y algunos vecinos se preparaban para asistir a la misa. La eucaristía era en el pueblo de Las Tablas; ello obligaba a madrugar, había que levantarse temprano para llegar a tiempo.

A las 10 de la mañana salió de la puerta contigua al púlpito de la iglesia de Santa Librada, una señora que llevaba la cabeza cubierta con un fino pañuelo de algodón tejido a mano que le caía hasta la cintura, haciendo juego con una basquiña capeada y sobresaliente arriba,  estilizada y ajustada en la cintura hasta ampliarse ligeramente en las caderas, donde empató reposada,  sobre una amplia falda de talco en sombra con un suave rosado de hilo bordado que hacía juego confundiéndose en degradado, con el blanco algodonado del pollerón que se extendía pulgadas debajo de la pantorrilla, trasluciendo al caminar, de vez en cuando, el tobillo.

La respetada señora de nombre Raquel Madariaga, anunció el inicio de la misa. Pidió a la feligresía ponerse de pie para dar paso al auspicio ritual con la presencia del querido cura, un anciano de nombre José María Correoso.

El viejo sacerdote estaba emocionado, ya le habían confirmado de la llegada a la iglesia de una especialísima niña recién nacida, hija de Mamita Santos, quien recibiría el sacramento del bautismo a través de su mano. Mamita Santos y el padre José amalgamaron una profunda y acrisolada amistad debido a la relación que ambos habían tenido con Rufina Alfaro.

Cumplido los ocho puntos más importantes de la celebración de la misa y comprometidos los padres y los padrinos al seguimiento y cumplimiento cristiano en la formación de la niña, había llegado el momento de anunciar  la entrega sacramental, otorgando nombre oficial a la recién nacida.

El viejo cura Correoso lucía una sobrepelliz sobre la sotana, tal y como mandaba la ocasión. También, como es propio en las ceremonias bautismales, se saltaron  el acto penitencial, iniciando con el himno de Gloria. Terminado el salmo responsorial y la segunda lectura y sabiendo el viejo sacerdote de la vida y la promesa de Mamita Santos, hizo un punto de inflexión no acostumbrado, para destacar a través de unas cortas palabras que hacían alusión sobre la heroína y  amiga,  María Rudencinda.  El anciano sacerdote veía en María de Los Santos Hernández el mismo talante de Rufina. La de aquel Primer Grito, décadas atrás. Pero sobre todo, en ese momento era para guardar la memoria histórica de la heroína, quien había fallecido meses antes.

Luego de su breve alocución, invitó a los padrinos y a los padres, quienes con la niña en brazos  se acercaron a la fuente bautismal, procediendo el sacerdote José a derramar agua tres veces sobre la cabeza de la niña y con las palabras «yo te Bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…»anunciaba en medio del llanto de la niña…“y te entregamos a la nueva cristiana que por apellidos lleva Quintero y Hernández y por nombre Rufina”.

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