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Personajes de mi época de adolescente.

Narrativa Corta.

Por Ramiro Guerra.

 

Cuando somos adolescente, uno no mide las consecuencias de llamar a las personas, con sobrenombre, en especial a las personas de edad avanzada.

Cuando esos sobrenombres, tienen su razón de ser, con algún problema físico. Miro retrospectivamente y seguro que si tuviera un reloj del tiempo y tuviera la oportunidad de regresar al pasado no lo haría

Había un señor, que le llamábamos «bigote de gato»; era negro de descendencia colonial. Ese sobrenombre no le molestaba. Donde la mecha se prendía y teníamos que correr, era cuando lo llamábamos «huevo de toro». Se molestaba tanto que, nos correteaba y era vencido por el cansancio debido a su edad. Ya adulto, un tío me aclaró que dicho señor tenía una hernia testicular no tratada.

A otro, le decíamos «pata de loro». Igual de enojo que don bigote. Resultó que sufría de una erisipela mal cuidada.

Nunca olvidaré a «Tamuga», todavía joven, era agresivo. Era experto en lanzar piedras a otros. Llamarlo Tamuga, era casi como encontrar la muerte, a base de su artillería de piedras. Cuando lo veía, lo evadía ya que le tenía miedo. Me dijeron que padecía de esquizofrenia.

El que me llamaba la atención, era un señor que, a sus más de ochenta años, recorría los barracones, pidiendo limosna. Famoso, le decían «chepo la vaca». Los historiadores del pueblo, narran que fue un aguerrido soldado en la guerra de San Pablo, (Chiriquí). Caminaba con un bastón largo al estilo de Moisés y en la coronilla del bastón, se notaba un hueso grande, de esos que dentro tenían una sustancia que muchos degustaban con un buen plato de arroz.  «Chepo la vaca», era como mentarle la mamá.  Se abalanzaba con bastón en mano, a golpearnos.

También recordamos a Margarito, un homosexual, que hablaba y caminaba como mujer.  Todos los domingos de sorteo, recorría los barracones, pregonando los números que saldrían en el sorteo dominical.  En no pocas veces, recibió golpiza por traer mala suerte. Era una época donde a los homosexuales los correteaban con piedras en manos.

Finalmente, «Fonseca el astronauta». Era agresivo.  Laboraba en el muelle donde se embarcaba bananos para USA. Lo de «astronauta», debido a un casco grande que se ponía para trabajar. Ese sobrenombre se lo puso, mi amigo de infancia y adolescencia, Aniano.

Como señalo arriba. Sí, pudiera regresar el tiempo, seguro que no llamaría a nadie con sobrenombre despectivo.

No había la necesidad de lastimar su autoestima y dignidad. Qué Dios, los tenga en la gloria.

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