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EL DIA DE LA LEALTAD: La historia escrita por sus autores.|

Antecedentes:

1968; Tras acuerdo con el Comandante Bolívar Vallarino, la Guardia Nacional apoya al Dr. Arnulfo Arias Madrid quien es elegido Presidente y no cumplió lo pactado con Vallarino.

1 de octubre, Arnulfo Arias toma posesión de su cargo.

11 de octubre, la Guardia Nacional tras los incumplimientos del acuerdo del Dr. Arias con el Comandante Vallarino, derroca al Dr. Arias.

1969;

2 de febrero Boris Martínez, Fed Boyd y Alberto Ramos, intentan un golpe militar contra el Coronel Omar Torrijos Herrera.

11 de marzo, Omar Torrijos Herrera asciende a General de Brigada.

15 de diciembre, el Coronel Ramiro Silvera y la junta militar de gobierno intentan derrocara al General de Brigada Omar Torrijos Herrera, aunque muchos coinciden que el hombre fuerte de la intentona lo era el Coronel Amado Sanjur.

 

“Ascenso al Torrijismo”

15 de diciembre de 1969

Torrijos y Noriega el 16 de diciembre de 1969 a su regreso.

Tomado del libro “La Batalla de Panamá”

Los primeros acontecimientos (Relato del General Omar Torrijos)

A las cinco de la mañana del 15 de diciembre de 1969, estaba en el hotel “camino real de la ciudad de México, en compañía de varios colaboradores civiles y militares. Vía telefónica se le indica desde Panamá que se comunique a un número de teléfono. Pensó en su familia, pues su padre contaba con 81 años de edad.

Cuando hice la llamada, el que contesto, el teléfono fue el Coronel Urrutia quien me dijo lo siguiente: “Hemos decidido que usted no regrese más al país, y para esto estamos pensando cubrirlo económicamente a fin de que pueda quedarse por allá. Su familia se la mandaremos en el próximo avión”. Urrutia paso el teléfono al Coronel Pinilla quien con voz entrecortada me dijo más o menos lo mismo y me insistió en que lo que me iban a dar, llegaría inclusive hasta pagar la casa que le adeudo a la Caja de Seguro Social. Les conteste que meditaran bien lo que estaban haciendo; que la situación del país no soportaría ser escenario de ambiciones personales y que lamentaba que no me conocieran bien, cuando creían que por dinero yo podría desistir de la determinación de regresar. Se los advertí “Anden con cuidado que yo voy para allá”. Levanté a Paredes, a Lakas y al resto de la comitiva, y les expliqué lo que estaba sucediendo, manifestándoles también mi determinación de regresar, inspirado en un prefiero ser enterrado en un pantano en mi patria, que premiado económicamente para vivir muy cómodo en cualquier capital del mundo. Con estas palabras me dirigí a Paredes: “mire Paredes, esta es mi decisión, pero como ella posiblemente conlleva tener que morir, yo no quiero presionarlo a fin de que usted me acompañe. Lo dejo en su libre elección”. La respuesta de Paredes me hizo aguar los ojos, cuando me dijo: “Si usted en un momento llego a pensar que no lo acompañaría, me estaba ofendiendo. Yo me voy con usted”.

Contreras y García manifestaron lo mismo. Lakas dijo que había cargado un revolver con el propósito de eliminarnos a todos en caso de que nuestra decisión no hubiese sido la de regresar, que habría descubierto que había el cariño y el corazón en amigos que no se lo merecían, por no ser hombres.

Ante una situación de confusión como esta y en un país en donde no se conocía a nadie, inicialmente se nos hizo muy difícil pensar en que forma podríamos transportarnos a Panamá. Cuando sumamos el dinero que teníamos entre todos, este no totalizaba ni mil balboas siquiera. Inmediatamente llamamos al embajador Remón, a la Señora Emilia Arosemena y a Fernando Eleta que se encontraban hospedados en el mismo hotel. Ellos comenzaron a hacer las conexiones que nos pondrían en condiciones de poder alquilar un aéreo-Taxi. Dos mil balboas nos costó el alquiler del avión. Fernando Eleta se quedó en mí mismo cuarto, a fin de despistar a todos aquellos que andaban indagando por mi paradero. Nosotros, fuimos para abordar el avión. Emilia nos manifestó que por ser domingo, ella podía completar la cantidad de dos mil balboas que era lo que costaba el alquiler del avión, pagando con un cheque que aunque no respaldaba del todo la cantidad, no sería sino hasta el martes o miércoles siguiente que era rechazado.

En el aeropuerto, para confundir la curiosidad de los gerentes de aéreo-taxia, manifesté que mi padre estaba gravemente enfermo y, que no podía esperar el vuelo comercial que salía en la noche para llegar a Panamá. Eran momentos de mucha confusión y de incertidumbre, para los que estábamos en ese terminal aéreo, ya que el valle de México estaba totalmente nublado y el piloto insistía en que esperáramos mejor tiempo, a objeto de poder despegar.

El Mariscal Jozif Broz Tito y el General Omar Torrijos.

Hora después nos dirigimos a Tapachula. El avión venía sobrecargado, ya que tenía la máxima capacidad de pasajeros, porque los que ahí veníamos estábamos pasaditos de libras. Cuatro horas duro el vuelo a Tapachula, que constituía el puerto en donde teníamos que pasar la revista por parte de las autoridades de aduana y migración, para poder continuar nuestro vuelo a Panamá.

Estando en Tapachula, sentí como un desmayo producido por la altura, que era mayor de quince mil pies, en un vehículo aéreo no acondicionado para resistir estas altitudes. Me acosté bajo un árbol y conseguí un limón y una aspirina, logrando sentirme mejor con esto. Estando bajo ese árbol, me di cuenta que veníamos en un vuelo doméstico de un aparato de la Compañía Mexicana de Aviación y sentí temor a ser identificado mediante una fotografía que pudiera haber en los diarios que eran traídos y que hubiesen puesto a las autoridades de migración y aduanas en condiciones de sospechas, impidiendo tal vez que continuara el viaje.

Yo sabía que tenía muy poca oportunidad de conseguir llamadas internacionales a Panamá, en vista de que es lógico suponer que quien golpea, cierra también todos los medios de comunicación.

La primera llamada la hice a El Salvador en donde el coronel García se encontraba en un cumpleaños de su promoción. Le dije más o menos lo siguiente: “Mira Botita, acaba de pasar esto. Yo voy con destino a Panamá. Quiero que te identifiques, diciéndome si te sumas o te restas, y quiero que le digas al coronel Chamba Henríquez, compañero de promoción mío, perteneciente a la fuerza aérea, que me vaya preparando facilidades de transporte, así como de gasolina y navegación nocturna, a fin de poder llegar a David”. Botita entre dormido y despierto me dijo: “¿Qué carajo te pasa hermano? Déjate de esa rabulería. ¿Cuándo mierda yo me he restado? Esos hijos de puta están locos, ven que te espero para irme contigo. Voy inmediatamente a la Fuerza Aérea a hacer los arreglos que me dices”.

Localice también a Noriega en el 23-7021 en David. Noriega me dijo que aunque tuviera que independizar la provincia, el me esperaba en David, pero que actuara rápido porque la miseria humana hace que el hombre en un momento dado, piense más en la planilla que respalda un sueldo, que en los mejores intereses de la patria. “Vengase rápido y no me llame más, que nosotros hemos quemado las naves a favor del verdadero Comandante de la Guardia, que es usted”.

Cuando Lakas y Paredes, personas muy emotivas, oyeron esto se les aguaron los ojos y dijeron: “Todo el mundo no es traidor en la Guardia Nacional. Nosotros sabíamos que ese muchacho no nos podía fallar”. Jimmy rompió una puerta de una trompada, como respuesta a que todo en el país no era asco porque también había lealtad.

Llamé a Colón y hablé con el Capitán Jack Smith que estaba encargado del cuartel y me dijo que aunque tuviese que incendiar la ciudad me iban a esperar, pero que regresara rápido. Hablé con el teniente Wong en el Departamento de Tocumen, ya que el capitán Castillo no estaba y los oficiales habían decidido fortificar el área para facilitar mi regreso.

En la Fuerza aérea, hablé con los hermanos Purcell y les informé que enviaran un bimotor a esperarme en El Salvador. Estos muchachos típicamente leales, respondieron casi llorando que estaban dispuestos a morir, para que esta canallada no se consumara. Yo los conozco bien. Sé lo que me quieren, y sé también que este cariño, muchas veces se hace molestoso porque cuando hablo con uno, todos quieren hablar conmigo. Y así uno a uno fueron desfilando al teléfono para manifestarme su lealtad y su decisión, de que yo regresara: Pascualito, Fundora, Alexander, Villalaz, Ramiro Bernal, José Royo, Anel Adames, Tinito, Sanjur, White, Carlos Arosemena, Ramón Gavilán, Carlos Sarria, Lamboglia, hablaron conmigo por teléfono.

El Tiempo corría en contra de mi suerte, y esta conferencia con todos ellos, me restó unos minutos, pero me levantó la fe y la convicción de que todo no era deshonra en la Guardia Nacional.

Pensé en llamar a mi casa, pero después, estimé que no era necesario, conociendo el calibre de que está constituida mi esposa Raquel. Sé que ella se crece ante situaciones difíciles y confiaba en que era suficiente mujer y madre para mantener la tranquilidad de mis hijos y su integridad física.

De Tapachula, le ordené al piloto volar a San Salvador, desviándose lo más que pudiera del territorio continental de Guatemala (mar adentro), presumiendo que por las conexiones que Silvera tenía en ese país, ya hubiese hecho los arreglos, inclusive hasta para que nos bajaran el avión con un proyectil de tierra-aire. Por eso estaba convencido que al llegar a El Salvador yo habría resuelto mi problema porque en ese país, en donde me gradué, y en donde muchos compañeros son altos jefes del Ejército, una orden presidencial en el sentido de que se me interrumpiese el viaje, no hubiese sido cumplida.

Cuatro horas duro el vuelo de Tapachula a El Salvador. Lo suficiente para que uno meditara sobre muchas cosas. Pensaba en la patria, en nuestro programa, en la Guardia Nacional, a quien le había dedicado dieciocho años, en mis ancianos padres y, en los momentos que podrían estar pasando, en los hijos; y en los oficiales corruptos envilecidos por la posibilidad de volverse millonarios con lo que estaban haciendo en el país.

Lakas es un hombre esencialmente emotivo. Y él era el que más pensaba y manifestaba sentirse orgulloso de haber descubierto la calidad humana de que estaban formados los que él consideraba sus amigos. Llegamos a El Salvador como a las cuatro de la tarde. Ahí estaba Botita esperándonos y también una comisión de oficiales, a quienes Silvera había enviado a conversar con Botita, a fin de que se me arrestara. Cuando converse con los mayores Saavedra, García, Suárez, y Ayala, me manifestaron que habían aceptado la comisión, solo para tener la oportunidad de ser los primeros que se sumaban al equipo de hombres leales que me estaban esperando.

El Capitán José Luis Posada, que honestamente creía que el viaje era debido a la enfermedad de mi padre, se dio cuenta cuando mis compañeros me recibieron, que había algo más de por medio que un hombre enfermo y dudó si seguir el viaje o desertar. Yo había tomado todas las precauciones del caso y le había ordenado al coronel Cucalón, compañero mío de El Salvador, que lo mantuviese bajo vigilancia.

En El Salvador está un viejo y veterano piloto de nombre “Red Grey” a quien yo ayude mucho cuando trabaje como comandante de la Zona de Chiriquí, y quien siempre me tuvo mucho cariño. Yo sabía que sin los servicios de Red, no había piloto en el mundo que pudiera aterrizar una aeronave de noche, en el aeropuerto de David. Él  me dijo que era peligroso, pero que a sus 51 años de edad, nunca había dejado de cumplir una misión y que el “gallo chiricano” estaba conmigo ya que “usted en momentos de hambre que viví en David, supo ayudarme desinteresadamente”. Me dijo que consiguiera una botella de coñac, pero lo deje bajo la impresión de que el coñac estaba a bordo. Cuando despegó de Llapango, anunciando a la torre de que iba en un vuelo de entrenamiento local, estabilizó el avión y, entonces me reclamó su coñac. Navegamos de noche en condiciones bastante duras, pero ya estábamos ante el último tramo de jornada.

Eran muy difíciles las condiciones de navegación, pero no obstante la oscuridad de la noche, se podían identificar ciertos puntos de Nicaragua, Costa Rica, y por último, Punta Burica. En Punta Burica se había previsto que Red cogiera los controles directamente, pero la operación de cambiar el timón era un poco arriesgada y Red descubrió que Posada tenía grandes condiciones profesionales y que con buen cuidado, él podría depositar el avión en tierra.

Cerca de David, por la Boca de los Espinos, Red llamó a la torre y Franklin Ferguson a quien Noriega tenía en el comando de dicha torre, respondió. En esta respuesta había algo de sospecha. Yo llegue a pensar que quien estaba hablando era un hombre encañonado. Ferguson, nos pidió que nos identificáramos. Nosotros les pedimos que se identificaran ellos. Inmediatamente hablo el teniente del Cid quien manifestó “habla un macho de monte” yo identifiqué la voz de del Cid y el la mía. El caso se vía ya mucho mejor. Había nubes sobre el aeropuerto y el avión solamente tenía para veinte minutos más de vuelo. No podíamos permitir un pequeño error en la navegación.

Volando a ciegas y con la intuición de un profesional con veinte mil horas de vuelo y muy conocedor de esas áreas, Red le ordenaba a Posada bajar el avión de cien en cien y, después de diez en diez pies, hasta que tocamos la pista. Un hombre llora por dos cosas: por emoción, o por rabia. Todos lloramos de emoción, cuando vimos la tropa de la 5ta Zona Militar que se nos abalanzó a saludarnos y a gritar: ¡Viva el General!. Inmediatamente fuimos al cuartel de David. Llamé a todos los comandantes de cuarteles para notificarles que estaba en Chiriquí. Les preguntaba si se sumaban o se restaban y todos manifestaron sentirse ofendidos por la clase de pregunta qué yo les hacía. Preguntando qué ¿Cuándo ellos se habían restado?.

Mandé a Botita con la compañía Urracá que se desplazara por tierra hasta Penonomé. El coronel García cumplió su misión con la rapidez que el siempre hace las cosas. Yo me acosté a dormir como a las tres de la mañana y Paredes juntamente con Noriega siguieron dirigiendo la operación.

Llamé a mi casa a mis padres y a Raquel: mi esposa me pregunto dónde estaba. Me puso al habla con mis hijos y me dijo que en ningún momento ella había dudado de yo regresaría y me contó la presión por parte del coronel Pinilla, con el fin de que abandonara la casa y se fuera a México. Ya yo sabía cuál había sido su respuesta. No era necesario que me la dijera, pero sin embargo, quise escucharla y sentí satisfacción cuando me dijo lo que le había contestado al coronel Pinilla: “Venga a buscarme usted mismo”. Raquel le veía poca estatura a pinilla para que pudiera sacarla a ella y a sus hijos del país.

Me acordé de lo que ella constantemente me repite, desde que nos casamos: “Prefiero ser la viuda de un hombre valiente y honesto, que la esposa de un cobarde y miserable”. Palabras estas en las que yo he inspirado muchos actos en mi vida. La Fuerza Aérea, al saber que yo estaba en David se trasladó toda en un vuelo nocturno hacia allá, desobedeciendo una orden de Paredes de que por razones de seguridad, les había dicho que esperaran que amaneciera. Cuando oí a Paredes hablar con los hermanos Purcell y decirles eso, me eché a reír y Paredes me dijo: “¿De qué ser ríe General?”, y le contesté: “No te van a hacer caso. Yo los conozco y sé que vienen de una vez”. Y así fue. Aterrizaron de noche y llegaron a David. Todos querían escoltarme. No les agrado mucho la decisión de venirme por tierra. Ellos querían traerme a Panamá.

Al llegar a David, llamé a la presidencia y estaba el teniente Correa, muchacho que a pesar de sus pocos años de servicio, siempre ha manifestado su profesionalismo. Es un muchacho que crece ante las grandes decisiones, al llamarlo le dije: “Correa, dígale a ese par de ineptos que no le vamos a conceder el honor de ser arrestados. Que se larguen para sus casas. Que ese no es el trato que yo esperaba de quienes por tantos fueron compañeros míos de trabajo”. A los quince minutos Correa me llamó y me dijo que no había tenido que presionarlos en absoluto, en vista de que su estado de nerviosismo junto con sus conflictos de conciencia los había hecho empacar y que ahora mismo estaban saliendo solos. Me pregunto que si los arrestaba y yo le dije que no ofendiera la población del penal de la Cárcel Modelo, ya que los que allí estaban, aunque delincuentes, eran hombres y no se merecían esa afrenta.

La radio estaba anunciando la localización del convoy que me traía. Esto hacía salir a la gente de los pueblos hacia la carretera. En Santiago, ciudad donde nací, hubo júbilo, hubo llanto, hubo empujones. Esto confirma que el santiagueño no es malo. Que si antes era malo, era precisamente porque quien da maldad, recibe maldad. Ahora demostraban que cuando uno da cariño recibe cariño.

En Penonomé, Antón, La Chorrera, en derredor de todas las guarniciones, estaba el pueblo manifestándome su adhesión. Desde el Puente de las Américas hasta la Comandancia se hacía casi imposible circular. Toda era gente humilde que venía a recibirme. Hay una relación muy directa entre agradecimiento y humildad.

Llegué a la Comandancia y me estaban esperando los oficiales. La tropa del Cuartel Central jubilosamente tiraba los fusiles al aire y hacían disparos en actitud de adhesión. Esa misma tropa horas antes, había arrestado a los coroneles traidores y les fue muy difícil a los tenientes coroneles Luis Segura y Florencio Flores, impedir que los lincharan. Esa misma tropa me recibió en el patio del Cuartel Central y después de aplaudirme me pidieron que les entregara a los traidores para fusilarlos. Pude calmarlos y convencerlos de que un error no justifica otro error.

Durante estos sucesos hubo expresivas muestras de lealtad que confirman que no manda quien más grado tiene, sino quien mayor jerarquía manifiesta. Supe que el teniente Augusto Villalaz de la Fuerza Aérea le había dicho a Silvera: “Usted no tiene jerarquía para reemplazar al general, por mucho nombramiento que usted haga. Yo tengo siete fines de semana que no voy a mi casa porque ando volando con él, visitando escuelas. Muchas veces yo le digo al general que sería mejor que suspendiéramos el vuelo, en vista de que las condiciones del tiempo lo hacen peligroso. Y él siempre me ha contestado: <Villalaz, siga que me están esperando y no quiero decepcionar a ese pueblo que me espera. Métase en las nubes que pronto se abrirá un hueco>. ¿Usted creé coronel Silvera que usted tiene la jerarquía en la Guardia Nacional para poder reemplazar a ese hombre? Cuando pasamos por Chame o Coronado, usted está en una casa que dicen que es suya, y que no se sabe cómo la adquirió, y los fines de semana usted se dedica a chupar aguardiente con sus amigos. ¿Cómo podría usted convencerme que puede dirigir la Guardia Nacional, después que yo he visto estas cosas?” Silvera le respondió en la forma como responden todos aquellos que creen que el hombre es comprable: “Tranquilízate, Villalaz, que yo te voy a ascender”.

 “A nuestra tropa no la felicito, porque no se le puede felicitar a nadie por una condición inherente al uniforme que llevamos. Pero sí quiero decirles que me siento sumamente orgulloso… Como se los he dicho siempre, me siento altamente complacido, me siento altamente distinguido de ser el Comandante de los 6000 hombres más leales que he conocido en mi vida”.

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